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El antídoto de David Foster Wallace

  • David Aller
  • 12 dic 2016
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 17 may 2024

La escritura de David Foster Wallace guarda un vínculo furtivo con la Santísima Trinidad: ambas comparten hechicerías, arcanos insondables, pericia para fecundar comentadores. La asombrosa capacidad del lenguaje foster-wallaciano para generar opiniones es uno de los grandes hitos creativos del siglo XXI. Es usual que un lenguaje se convierta en un agente desestabilizador, polémico, revolucionario, pero es una anormalidad que lo haga sin intervenciones institucionales o intereses políticos. Tal vez el venero de su escritura descienda de su fidelidad al propósito que la alumbró: al leer a Foster Wallace se descubre que ese muestrario heterogéneo de recursos –la acumulación ordenadamente caótica de elementos no es un ornamento, es una propiedad intrínseca– solo es dable desde la más férrea voluntad, desde la determinación y la fe. Esa entrega comunicativa deriva en una escritura que es agresiva, indomable y transgresora en la medida en que es inocente, espontánea y monomaníaca. En la amalgama resultante se combina una actitud defensiva con otra atacante, el contrapeso de los contrarios, y Foster Wallace se viste un chaleco antibalas cargado con dinamita.

Una frase valiente sirvió al autor neoyorquino de escudo y precepto: «La tarea de la buena literatura es dar calma a los que están perturbados y perturbar a los que están calmos». El argumento que subyace al retruécano se defiende desde una plena conciencia del compromiso catártico que la literatura debe asumir, del esfuerzo al que ha de someterse para agitar conciencias y producir desequilibrios. Una vez adoptada esa posición díscola, infractora y consciente, las agresiones externas surgen para intentar salvaguardar el sistema. No hay entorno menos libre de actitudes conservadoras que el creativo, no hay mayor temor en las salmodias literarias que la aparición de llaneros solitarios que revienten los mandamientos de las élites. Y en ese ambiente de escrúpulos y observancia, su escritura –demonizada y beatificada, representante de la expresión fehaciente del contenido– se hizo antídoto y superviviente. El responsable de tamaña aportación convino libre de todo compromiso con el mundo: una vez garantizada la supervivencia de su lenguaje, su propia voz quedó exenta de obligaciones.

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